El 6 de agosto de 2012, el Mars Science Laboratory “Curiosity” se posó (¿amartizó?) sobre Marte, tal y como los ingenieros de la NASA habían planeado. Pero podría haberse estrellado, como le pasó a su hermano mayor.

Efectivamente el 23 de setiembre de 1999 el Mars Climate Observer (MCO), el primer satélite meteorológico interplanetario, que junto al Mars Polar Lander debía mapear la superficie del Planeta Rojo, se perdió. Durante la maniobra de autoposicionamiento en una órbita establecida a 210 km sobre la superficie marciana, algo salió mal. Seis días después, los ingenieros de la NASA determinaron que el MCO se encontraba en realidad a 57 km de altura, y que su destino era indefectiblemente desintegrarse en la atmósfera. Seis semanas más tarde, la NASA publicó un informe en que explicaba los motivos del fracaso de la misión, y se enumeraban las primeras lecciones extraídas, con mejoras a implementar para mejorar en subsiguientes proyectos. (La primera lección, por cierto, es la rapidez y transparencia con que se realizó e hizo público dicho informe.)

El error de base se debió a una aparente pequeñez: la incongruencia en el uso de los sistemas de unidades (métrico frente a inglés). Todo el MCO se diseñó usando el sistema métrico o internacional (SI), mientras que un fichero del software que hacía el cálculo de fuerzas (la gestión del empuje adecuado, por parte del motor, para mantener la trayectoria y velocidad adecuadas) estaba programado para dar los resultados de los cálculos en el sistema inglés o imperial: en lugar de utilizar Newtons (N) utilizaba libras fuerza (lbf) (el primer informe de la NASA se puede leer aquí).

Esta anécdota (de 125 millones de dólares) me sirve como excusa para hacer ver la importancia de utilizar, en cualquier proyecto, las unidades del SI; y en su defecto, cuando menos comprobar la consistencia de las unidades utilizadas en los cálculos y los factores de conversión en su caso. Además, al hablar de “consistencia de las unidades”, hay otros dos aspectos importantes a tener en cuenta:

  1. Utilizar las unidades adecuadas a la escala en que estemos trabajando (p.ej. no tiene ningún sentido dar las medidas de un barco en milímetros, ni su período de balance en minutos)
  2. No poner más decimales de los necesarios (p.ej. un único decimal para los grados; tres decimales, o incluso dos, para medir en metros; ya que a efectos prácticos es imposible físicamente medir con mayor precisión)

A pesar de que soy muy purista en este aspecto, no es solo una cuestión de precisión. En efecto la Ley obliga; en concreto la Ley 3/1985, de 18 de marzo, de Metrología, en cuyo texto

“se determinan las unidades legales de medida, su materialización y la obligatoriedad de su utilización, en conformidad con los acuerdos de la Conferencia General de Pesas y Medidas (Sèvres)”

estableciéndose la obligatoriedad de utilizar las unidades del SI

“en todas las disposiciones y actuaciones oficiales, operaciones comerciales, transacciones y documentos privados y actuaciones publicitarias en que se expresen magnitudes físicas”.

Piensa en ello la próxima vez que leas las características de un barco en pies, pulgadas, galones ingleses y libras por pulgada…

(Imagen de portada cortesía de la NASA.)

(NOTA: Este artículo fue publicado originalmente en mi antiguo blog Esqueria en setiembre de 2012. Paulatinamente iré trasladando, del blog a esta web, los artículos más interesantes.)


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